Las leyes del Universo
El desarrollo normal de cualquier persona, ya sea ascender a una cima o resolver algún problema, avanza con éxito cuando se somete a la ley de la trinidad.
Todo desarrollo es dialéctico y está relacionado con la transformación de la energía: cuando existe una diferencia de potencial, la energía oculta se manifiesta en el plano externo. Allí donde hay dos potenciales, dos opuestos que interactúan, se forma energía y tiene lugar el desarrollo.
Sin embargo, si solo existen dos opuestos, pero no aquello fundamental que los une, surge un conflicto: los opuestos comienzan a destruirse mutuamente y, en última instancia, perecen o degeneran. Por eso la ley de la trinidad es la ley del ser, la ley del desarrollo. Todo en el Universo está sometido a esta ley. Por cierto, las tres leyes de la dialéctica son leyes de la trinidad.
La ley de la unidad y la lucha de los opuestos. Existen dos opuestos y aquello que los une. Hay una fuerza, un potencial, y otra fuerza, otro potencial, que entablan una lucha y, al hacerlo, generan energía; y existe aquello que los une para que se desarrollen, complementándose en lugar de destruirse mutuamente.
La ley de la transición de la cantidad a la calidad. Existen dos opuestos que se extienden en el tiempo. La ley de la transición de la cantidad a la calidad significa que el día de ayer se convierte en el día de hoy. Cuando aumenta la cantidad de vínculos, cambia la estructura de la materia; esto indica que se produce una transición hacia una nueva cualidad.
Vemos dos opuestos: uno está en el pasado y el otro, en el presente. Los une algo común, gracias a lo cual lo viejo se transforma en lo nuevo, mientras que lo nuevo conserva en sí todo lo que había en lo viejo y continúa desarrollándose. Por ejemplo, los hijos son la quintaesencia de aquello que los padres transmiten al futuro; aquí también actúa la ley de la transición de la cantidad a la calidad: la energía de los padres se transforma, cambia y se convierte en la energía de los hijos, y al mismo tiempo padres e hijos son uno.
La ley de la negación de la negación. Lo nuevo debe luchar contra lo viejo, y lo viejo debe luchar contra lo nuevo: es un proceso natural y necesario.
La ley del Universo es la ley de la unidad y la división al mismo tiempo, y aquí observamos nuevamente la dialéctica y la trinidad: existe una unión completa, existe una división en el plano externo y una unión en el interno, y existe aquello que une dos procesos opuestos.
La ley de la negación de la negación afirma que lo nuevo se diferencia cualitativamente de lo viejo en el plano externo, en la forma, y por tanto entre ambos surge inevitablemente un conflicto. Pero si lo nuevo y lo viejo son uno, significa que interactúan entre sí, y eso es precisamente el desarrollo. Si no hay unidad, los opuestos entran en conflicto y compiten. Como resultado, el desarrollo se detiene y todo puede terminar en la destrucción mutua de los opuestos.
Comprender la ley de la trinidad es comprender las leyes del Universo. El Creador también es, en esencia, trino, y el Universo es un retrato de Dios. En la medida en que sepamos ver en cada proceso los opuestos y aquello que los une, podremos comprender correctamente lo que ocurre en el mundo y lo que nos ocurrirá a nosotros.
He dicho más de una vez que las personas modernas no saben pensar correctamente. En nuestras reflexiones falta la dialéctica, que consiste en comprender que el bien y el mal son dos caras de una misma moneda. Cuando pensamos únicamente en categorías del bien o únicamente del mal, el desarrollo se detiene.
Hoy observamos una gravísima crisis de la civilización occidental, que de hecho se está autodestruyendo. En medio de la prosperidad económica tiene lugar una degradación moral, las familias se desintegran y se derrumban las instituciones sociales, sin las cuales una sociedad normal no puede existir.
Creo que los científicos intentan aclarar todo esto, pero durante las últimas décadas no he visto ni una sola mirada más o menos profunda sobre estos problemas. Sin embargo, si no se resuelven, la civilización simplemente perecerá. Para comprender la situación actual, hay que ver el algoritmo de existencia de la civilización contemporánea, entender por qué muere y responder a esta pregunta no con miles de volúmenes, sino señalando el principio fundamental.
Responder a la pregunta sobre las causas de la inminente desaparición de la civilización moderna es bastante sencillo. La crisis de la civilización es consecuencia de una crisis de la cosmovisión. Para existir normalmente, todo ser vivo debe tener un plan operativo, táctico y estratégico.
Una persona que se marcha a las montañas puede estar magníficamente equipada y sentirse perfectamente, pero si no ve la cima, morirá, porque no sabe adónde ir; al final, caerá en una grieta, se desviará de la ruta y desaparecerá. Sentirse magníficamente hoy no garantiza sobrevivir mañana. Si una persona se siente perfectamente, está bien equipada y conoce la ruta que debe seguir, su futuro está protegido. Ya no caerá al abismo, porque ha trazado la ruta y sabe dónde se encuentra cada peligro: dónde hay una grieta, dónde una pendiente peligrosa; y eso le ayuda a sobrevivir.
Si una persona no posee pensamiento estratégico, puede seguir la ruta y, en última instancia, desviarse de la cima. Seguirá viva, pero nunca alcanzará la cima. Por eso, para resolver cualquier problema, es necesario combinar el pensamiento operativo con la táctica y la estrategia.
¿Qué representa hoy la civilización occidental? Es una civilización desprovista de pensamiento estratégico. En el concepto de «pensamiento estratégico» entran nociones como «religión», «moralidad», «alma» y «fe», así como la comprensión de lo que nos ocurrirá en el futuro y de cómo deberían ser nuestros hijos. Así pues, el pensamiento estratégico implica, ante todo, preocuparse por los hijos, por su educación y su moralidad; en una palabra, preocuparse por sus almas.
Tras perder el pensamiento estratégico, una civilización puede sostenerse durante cierto tiempo gracias a la política, la economía y aquello que se denomina cultura, pero sin estrategia todos estos ámbitos de actividad decaen inevitablemente. Como resultado, la persona vive el día a día; solo le interesan el dinero, los placeres sensuales —en particular, el sexo— y, en cierta medida, el poder, pero principalmente la búsqueda de placeres y comodidad.
Ese estilo de vida es propio de los animales; el ser humano no puede existir así durante mucho tiempo, porque ceder a los placeres y satisfacer los instintos hace que la dependencia de ellos aumente cada vez más, y la persona desciende gradualmente al nivel de un animal.
Después comienza la descomposición del alma y, finalmente, la búsqueda de placeres conduce a que nuestras necesidades se vuelvan antinaturales. Como ya se ha dicho, así se desarrollaron los acontecimientos en Sodoma y Gomorra, de los que habla la Biblia.
¿Por qué, entonces, muere la civilización moderna? Muere porque está muriendo la religión que se encuentra en su base. Porque la doctrina cristiana es dialéctica y trina, mientras que la interpretación del cristianismo carece de esta trinidad.
¿Qué es la enfermedad, qué es la vida y qué es la muerte? Son preguntas fundamentales del ser, y la ciencia, por regla general, nunca ha podido responderlas; siempre lo ha hecho la religión. ¿Qué nos dice la religión sobre la enfermedad? La enfermedad es enviada por Dios por los pecados. En otras palabras, la enfermedad es, hablando crudamente, un enemigo que perjudica a la persona y puede conducirla a la muerte, pero este enemigo le ha sido enviado desde lo alto.
En un plano superior, este enemigo es ejecutor de la voluntad divina suprema y, puesto que el Altísimo ama a las personas y se preocupa por ellas, resulta que cualquier enfermedad, cualquier problema, es semejante al bisturí de un cirujano: causa dolor, pero al mismo tiempo salva. El pensamiento dialéctico trino implica que cualquier problema, cualquier conflicto, es una oportunidad de conocer, una oportunidad de unir los opuestos, no de dividirlos ni destruirlos.
Así pues, en el cristianismo se percibe una dialéctica clara, en la que los opuestos se equilibran: Jesús el Cristo habla de que hay que perdonar y, al mismo tiempo, expulsa del templo con un látigo a los comerciantes. Dentro no puede haber agresión, mientras que fuera se permite, porque interiormente somos uno y exteriormente estamos divididos. Jesús decía que no había que echar perlas a los cerdos. El sentido de esta frase es que hay que preocuparse por quienes están dispuestos a ser agradecidos y a cambiar para mejor. Si una persona no quiere cambiar y responde al bien con mal, la ayuda puede llegarle en forma de castigo. Como se suele decir: al inteligente, una palabra; al tonto, un palo.
La doctrina de Cristo es dialéctica, pero la gente de aquella época no podía comprenderlo, por lo que interpretaba de forma bastante simplificada lo que Jesús les decía. Algo se declaraba bueno o malo, y este esquema de percepción del mundo —no trino, sino binario, en el que el mundo entero se divide entre el bien y el mal, que debe ser exterminado— no es dialéctico ni monoteísta. Es propio de los pueblos primitivos y primitivo en su esencia; es el esquema de percepción del mundo de un pagano, cuyo sentido de la vida consiste en buscar placeres.
Para el pagano, lo más importante es él mismo, su «yo» humano. El pagano teme al mal y adora el bien. Sueña con que el mal que le causa problemas sea destruido y con que todo a su alrededor quede iluminado por el bien. Por eso, según la cosmovisión pagana, en algún lugar debe existir un paraíso donde reine la felicidad y no haya ningún problema. La vida terrenal es para el pagano el infierno, lleno de tormentos y sufrimientos que no existirán en el paraíso.
El punto de vista pagano pasó a las religiones monoteístas, donde con el tiempo deberían abandonarlo; pero si, por el contrario, continúa fortaleciéndose, esto puede provocar una crisis de la religión, lo cual es extremadamente peligroso.
Hoy observamos una gravísima crisis del mundo poscristiano y, si pensamos por qué desaparece la religión, la respuesta se encuentra bastante rápido.
El pensamiento religioso moderno carece por completo de dialéctica; en él se manifiesta claramente el enfoque pagano: en el mundo existe o bien el bien o bien el mal; Dios es el bien y el diablo es el mal. Y este punto de vista se aplica a todo.
Tomemos, por ejemplo, la enfermedad. En el cristianismo y el judaísmo, la enfermedad es simultáneamente mal y bien.
Es un mal para nuestro cuerpo y para nuestro destino, pero un bien para nuestra alma, porque el alma se purifica mediante el sufrimiento, cuando el cuerpo pierde o refrena sus instintos animales. En la Biblia también se menciona que la enfermedad impide a las personas pecar; si no me equivoco, de ello habló el apóstol Pedro. Por tanto, en el cristianismo estaba presente una comprensión correcta de lo que es la enfermedad.
Hoy observamos en la religión una clara división: la enfermedad es el mal y la salud, el bien. Por tanto, si la enfermedad es nuestro enemigo, hay que destruirla. La medicina moderna, en esencia, razona del mismo modo, pero, puesto que las opiniones y los conceptos científicos se basan en los religiosos, nuestra educación espiritual se hace notar. El código religioso, formado durante milenios, determina nuestra conciencia, nuestros sentimientos y nuestra forma de pensar. Así pues, la religión afirma que existen el bien y el mal, un Dios bueno y un diablo malvado, y que nuestra principal tarea es exterminar el mal; entonces todos serán felices.
Es un engaño muy peligroso e ingenuo que conduce a grandes problemas. Una persona con este punto de vista considera la enfermedad únicamente como un mal, y la medicina moderna, al considerar la enfermedad solo como un mal, lucha contra ella e intenta destruirla, sin comprender que la enfermedad no es más que una protección y una señal de que tenemos problemas.
No hay que luchar contra la enfermedad, sino contra la causa que la genera. Esta causa puede ser la falta de amor en el alma, un desarrollo incorrecto o una actitud equivocada hacia el mundo, las personas y uno mismo. Así pues, la incomprensión y la actitud incorrecta hacia el mundo generan problemas, enfermedades y desgracias; y por mucho que intentemos exterminar la enfermedad, por mucho que procuremos librarnos de los problemas, estos no harán más que aumentar, porque no comprendemos las causas de su aparición.
S. N. Lazarev. «La salud humana. El encuentro de la ciencia y la religión»