Primavera. Sonó el último timbre. Los escolares tienen su graduación. Y yo tengo que estar allí por alguna razón, así que estoy entre ellos y me mezclo con la gente. Una extraña entre los suyos. El evento ha terminado, los escolares han charlado y todos se dirigen hacia la salida, más allá de la verja de la escuela. Ya está anocheciendo. A nuestras espaldas, los profesores nos despiden. Lloran porque los niños aún no están preparados para la vida adulta, pero ya quieren lanzarse a hacer todo tipo de locuras. Yo solo soy una observadora que constata los hechos entre ellos. Todos van hacia la parada.
Y yo voy con la multitud. El viento me levanta por el aire y me lleva como a un paraguas, porque solo llevo un vestido muy fino, cuya falda se infla como una enorme campana. Controlo el viento con la fuerza del pensamiento y vuelo hasta la parada. Elijo el lado soleado de la calle porque me encanta el sol. La ciudad no me resulta familiar, pero ya había estado en esa parada. Solo una vez. Entonces estuve en esa ciudad durante un día, llegué por casualidad a esa parada, también era de noche, me subí por casualidad a un autobús y este me llevó por casualidad a la estación. Y allí, por casualidad, había un tren hacia mi ciudad natal, al que subí y tomé rumbo a casa.
Así que ahora sé que desde esta parada el autobús va a la estación. Desde allí llegaré a casa. Pero no sé qué número de autobús va a la estación. Las sombras se alargan, y hace cada vez más frío en la calle. Había llevado adrede un abrigo cálido y el horario, porque sabía que sería así, pero lo olvidé todo en la escuela. Si no me voy ahora, aunque sea a cualquier parte, no sé dónde pasaré la noche en una ciudad desconocida, sin bolso ni pertenencias, con este frío. Un autobús se acerca a la parada y me subo pensando que quizá tenga que dar vueltas en círculo, incluso hasta mañana, pero al menos estaré caliente y no pasaré frío. El autobús está abarrotado y no se entiende por la ventana por dónde vamos. Y tampoco importa: de todos modos no sé adónde ir. Solo sé que necesito la estación. Le pregunto al chico que está a mi lado en qué autobús debo subir, qué número, para llegar a tiempo a la estación. Dentro de poco sale de allí un tren a casa, a mi ciudad natal. Él dice algo ininteligible; vuelvo a preguntarle y otra vez no consigo entenderlo. Crecen la ansiedad, la tensión interna y, al mismo tiempo, la impotencia y la conciencia de ella. Intento describir con palabras el lugar al que necesito llegar, mi estación. He olvidado en la escuela el horario y los nombres exactos:
—Necesito llegar más o menos a una estación como esta —digo señalando por la ventana—, igual que esta, pero la mía, desde donde sale el tren a mi ciudad.
El chico dice:
—Pues bájate, esta es la tuya.
—¡Ah, sí, es esta!
El tiempo apremia. Si no encuentro mi tren y no subo, no podré irme hasta el día siguiente.
Letreros... Indicaciones... Leo, pero no logro entender nada, todo resulta incomprensible..... Hay un tren blanco, liso y moderno, bajo los cables. El número de la ruta es 1035. Recuerdo ese número porque el número de mi casa es el 35 y la vaca de mi vecino lleva una etiqueta así en la oreja.
Gente, agitación. Trenes blancos. Autobuses. Andenes. Paradas. Un intercambiador de transporte universal donde se cruzan los autobuses urbanos y los trenes interurbanos. Llueve ligeramente. Todo es blanco y gris.
Una ventanilla. Taquilleras.
—¿Dónde está el de mi ciudad? —pregunto.
—Allí —asiente la taquillera.
—¿Dónde? ¡No entiendo! —pienso: qué poco comprensivos son todos aquí.
—Allí —vuelve a asentir la taquillera, esta vez con más amabilidad, de modo que pueda entender exactamente dónde.
—¡Lo veo! ¡Entiendo! Espere, no despache el tren.
Pero la mano de la taquillera ya pulsa el botón de salida del tren. ¡¿Cómo puede ser?!
—¡Espere, no lo despache! —grito.
Pensaba que estaba de mi parte, que entendería que necesitaba desesperadamente volver a casa. De lo contrario, me congelaría en una ciudad ajena, sin mapa ni pertenencias.....
Y entonces la taquillera dice:
—El maquinista ha cancelado la salida. Corre, rápido.
Corro, pero mientras intento entender por dónde se entra, todas las puertas se cierran justo delante de mis narices y el tren se pone en marcha.
—¡Esperen! ¡Tenían que esperarme! ¡El maquinista había...!
Pero el tren ya avanza. Me agarro a la manija de una ventanilla que encuentro. No hay dónde apoyar el pie. Hay una especie de hendidura; servirá. Es mi tren, al fin y al cabo. Y puedo llegar a casa. Entiendo que tendré que viajar todo el trayecto por fuera, con el frío, agarrada a las manijas de las ventanillas, y me aferro aún más fuerte.
—En realidad puedes entrar —dice tranquilamente detrás de mí la joven taquillera.
La ventanilla a la que me he agarrado es demasiado estrecha, pero incluso esa invitación es una dicha para mí. ¡Me meteré allí cueste lo que cueste!
Agarrándome al costado, tiro de una ventanilla y luego de otra. El tren acelera, pero permanece en el mismo lugar.
Veo una puerta. Una puerta es mucho más ancha que una ventanilla. Tiro de ella hacia mí, pero el revestimiento cruje, se desprende y casi caigo de espaldas con un trozo de revestimiento en la mano. Quiero volver a casa con todas mis fuerzas, así que, manteniendo milagrosamente el pie en la hendidura, tiro de una segunda puerta, de una tercera y.... Por fin entro en el vestíbulo, justo detrás del maquinista. Uf..... El último vagón, la última puerta...... ¿O la primera..... ?!
—Hola, chicos, me iré con ustedes.
Cuatro hombres están sentados en el suelo del vestíbulo alrededor de un aparato desmontado parecido a una motosierra. Sonríen.
—Anda, siéntate; ahí tienes una sillita verde. ¿Vas a estar de pie todo el trayecto? —dice uno de ellos. (Dios mío, qué buenos son, pienso). Pero para mí ya es una alegría estar dentro, tener un apoyo firme bajo los pies; es mi tren y va a casa. ¿Qué importa estar de pie? Me quedaré de pie... Ya estoy dentro, no fuera....
Me giro para cerrar las tres puertas que quedan detrás de mí, pero hay que cerrarlas desde fuera. Por dentro no hay manija. El tren ha tomado velocidad, pero vuelvo a ver en el mismo lugar la ventanilla de la taquilla y a la taquillera.
—¿Las cerrará? —le digo a la taquillera.
—Las cerraré. Ay, ¿qué hago contigo? —refunfuña.
Sale despacio de la taquilla y, mientras coloca sobre la puerta una cubierta de miel para que se pegue y no se abra, dice con severidad:
—Dime, a tu ángel de la guarda (de clase/cruzado/de línea/compuesto), ¿acaso Dios no se manifestó hoy en tu día?
Me mira fijamente a los ojos durante un largo rato, instándome a responder con sinceridad.
No puedo recordar cuál era la palabra que la describía, pero entendí que no me protegía personalmente a mí, sino a quienes se encontraban en las rutas de sus trenes y autobuses bajo su responsabilidad....
Dentro de mí hay una velocidad frenética, aunque el tren todavía no ha arrancado, pero ya se precipita.
—Sí se manifestó —murmuro, y empiezo a comprender. Recuerdo la tarde: cómo llegué a tiempo a aquel autobús, cómo me bajé justo en mi estación y cómo llegué a tiempo a este tren hacia casa, y cómo pude entrar en el vestíbulo.
—¡Sí se manifestó! —proclamo en voz alta y con seguridad—. ¡Si pensé en Él cada minuto! —añado en voz baja, con ternura; sonrío y se me llenan los ojos de lágrimas......
—Pues vete —dice la taquillera, que también es un ángel de la guarda clandestino, mientras agita la mano a modo de despedida y cierra firmemente desde fuera la puerta de miel.... El tren ya se pone realmente en marcha.... Avanzamos y yo estoy en el vestíbulo del primer vagón, justo detrás del maquinista. La taquilla queda atrás... Viajo a casa, reflexionando sobre cómo Dios se manifestaba.....