Cada vez que despierto, abro la ventana, saludo al Sol, me alegro de verlo, siento su calor y pureza, y me sintonizo con la sanación de mi visión y de todo mi ser. Sano mis pensamientos y a mí misma cada día.
Con cada inhalación me lleno de luz, alegría, amor, gratitud y sabiduría, y con cada exhalación me libero de la negatividad, los bloqueos, las tensiones y las enfermedades.
Al ducharme, visualizo cómo los chorros de agua arrastran no solo el sudor, sino también todas las impresiones del día, los vínculos energéticos y las influencias ajenas. El agua se los lleva a la tierra para transformarlos.
Al preparar la cena, impregno la comida con la intención de calma y recuperación. El fuego de la cocina es un fuego alquímico que transforma lo crudo en algo bendecido.
Al anotar mis asuntos en el diario, no solo registro los acontecimientos, sino que separo las semillas de la verdadera experiencia de la paja del ajetreo. Soy la cronista de mi propia alma.
Al apagar la luz de la tarde, agradezco al día que ha pasado todas sus lecciones y lo dejo ir. Entrego las riendas de mi vida a mi «Yo» Superior y a mi Subconsciente.
Cada vez que canto y escucho un mantra, me purifico con una luz sanadora, lavo mi mente y mi corazón con agua viva; todas las envolturas energéticas se ventilan y se llenan de sonido, vibración = energía pura.
Al dormirme, no me sumerjo en la oscuridad, sino que me entrego a la corriente del gran Río del Sueño, que me lleva hacia las fuentes de la sabiduría para purificarme y renovarme.