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Aquel que empuja el viento
Autor: Sergey Veretennikov11.05.2025.
CAPÍTULO I
El viento que empuja el silencio
Él estaba sentado.
No pensaba. No esperaba. Simplemente… estaba sentado.
Ante él, el espacio tintineaba suavemente. No había palabras ni ideas. Solo un ligero movimiento del aire.
El viento no llamaba. No suscitaba pensamientos. Simplemente… estaba.
Le rozó la mejilla, pasó por su cuello, se enredó en su cabello, y entonces Él abrió los ojos.
«¿Qué empuja al viento?», surgió la pregunta, dolorosamente obvia y sencilla.
Se levantó y caminó por la orilla.
El viento tocaba el agua. El agua daba origen a las olas. Las olas rompían contra las piedras. Las piedras guardaban silencio.
Pero en ese silencio él oía un sonido.
Un sonido nacido de las olas que creaba el viento.
Se sentó junto al borde mismo del oleaje.
El viento continuaba soplando.
Pero ahora ya no era simplemente viento. Se había convertido en una consecuencia.
La consecuencia de aquello que Él intentaba comprender.
«Si existe el viento, significa que hubo algo
que hizo que el aire se moviera.
Y si eso existió, ¿qué hubo antes de ello?»
Contemplaba el horizonte. Allí donde la ola se alzaba y desaparecía, como si preguntara por él.
«¿Qué provocó el primer movimiento?
¿Qué hubo al principio de todas las transformaciones?
Si la energía lo origina todo,
¿qué originó a la propia energía?..»
Cerró los ojos.
Y oyó no una respuesta,
sino la ligera tensión del silencio.
CAPÍTULO II
Cuando las piedras hablan
Estaba tumbado boca arriba. Las piedras bajo él estaban tibias, casi vivas.
Sobre él flotaban las nubes.
El agua susurraba sobre la profundidad.
El viento soplaba sobre el agua y acariciaba perezosamente el espacio.
La luz se deslizaba sobre su piel.
Todo alrededor respiraba,
pero no apresuraba nada.
Comenzó a reflexionar:
«El viento es el movimiento de la atmósfera.
La atmósfera cambia con la temperatura.
El Sol crea la temperatura…»
Calló.
No en voz alta, sino por dentro.
«Por mucho que avanzara hacia el Principio, siempre habría algo anterior a él.»
Otra ola golpeó la orilla, pero ahora ya no la percibía como un sonido.
Era como un pensamiento llegado sin forma, como la sombra de aquello que no conoce el lenguaje.
Cerró los ojos.
Y en aquella oscuridad interior quedó claro:
«El Sol da energía al Planeta.
Nace el viento.
Este transmite energía al agua.
La ola me toca con su sonido…
Pero quizá no sea un sonido.
Sino el contacto de aquel
que guarda silencio… pero llama.»
Se levantó.
No porque tuviera que irse.
Sino porque comprendió:
si se quedaba, podía dejar de oír.
Y si caminaba, quizá alguien volviera a hablar.
Y echó a andar.
Y las piedras a su espalda guardaron silencio.
Pero él sabía con certeza:
Habían dicho todo lo necesario.
Solo que… sin palabras.
CAPÍTULO III
La luz que corre por los cables
Caminaba por un camino donde no había gente.
Solo antiguos postes y cables,
tendidos sobre la tierra como nervios.
En una de las casas, a lo lejos, parpadeó una luz.
No sabía quién había encendido la lámpara.
Pero sabía que por aquellas líneas delgadas corría en ese momento Algo.
Se detuvo.
Los cables se extendían más allá, hacia el horizonte, como caminos hacia una fuente invisible.
Pensó en el Sol.
En cómo palpita su núcleo.
En cómo es la causa de las causas que llevaron a la luz en la ventana de alguien.
«¿Y si incluso el Sol es solo un receptor,
simplemente un cuerpo en el que se manifiesta una ley?
Entonces ni siquiera el Sol es la causa de la energía.»
Cerró los ojos.
Imaginó la luz corriendo por los cables.
No como electrones ni como materia.
Sino como la voluntad de alguien, como el deseo de alguien.
El deseo de existir.
El deseo de llegar.
El deseo de encender.
Sintió cómo dentro de él se movía el mismo deseo.
Pensó:
«Si el cable ni siquiera sabe qué
fluye por él,
¿quizá yo también sea
solo un camino para algo
que pasa a través de mí?
¿Y la energía no es mía,
sino que pasa a través de mí
para convertirse en luz?»
No esperaba una respuesta.
Porque sabía:
la siguiente pista no estaría afuera.
Sino dentro.
CAPÍTULO IV
La causa del Sol
Salió a un campo donde florecía un mar de flores.
El Sol estaba alto.
Guardaba silencio.
Se quedó inmóvil.
«Si incluso el Sol es una consecuencia,
¿qué es la causa?
Si el Sol produce calor,
¿quién dio calor al propio Sol?
¿Qué hubo antes de que apareciera la masa?
¿Antes de la estrella? ¿Antes de la luz?..»
Sintió un ligero toque en el pecho.
No ansiedad, sino la inquietud del Descubrimiento.
Como si la verdad se hubiera acercado demasiado,
pero no tuviera forma para ser reconocida.
Se sentó sobre la hierba.
E inhaló lentamente el aroma de las flores, la hierba y las hojas marchitas.
«No encontrarás el principio en la estrella.
Porque ella ya es una llama.
Pero puedes descubrir
por qué se encendió.»
El Sol no era una respuesta; era solo otra pregunta luminosa,
de la que no había dónde esconderse.
Abrió los ojos.
Y dejó de buscar respuestas en el mundo visible.
Simplemente miró al cielo.
Y sintió:
La luz no explica nada.
Pero recuerda que hay que seguir avanzando.
CAPÍTULO V
El silencio cantor
Estaba sentado al borde de un acantilado.
Debajo de él solo había vacío.
No había viento.
No había luz.
No había pensamientos.
Solo había un silencio extraño,
en el que sentía… resistencia.
No una resistencia personal.
Sino la resistencia contra sí misma.
«Quizá la energía no sea una fuerza.
Quizá la energía sea la resistencia a la quietud.»
Escuchó atentamente.
Y en aquel silencio, entre sí mismo y la ausencia de sí,
sintió un movimiento que aún no existía.
Como si el espacio ya se preparara
para decir algo.
Pensó:
«La energía no es un destello.
La energía es la condición para el destello.
No es luz, sino la posibilidad de la luz.
No es sonido, sino un silencio
tan tenso,
que en él ya resuena el futuro.»
No lo llamó Dios.
No lo llamó Ley.
Ni siquiera sabía si era alguien.
Pero sabía:
todo lo que se mueve,
todo lo que existe,
todo lo que se hizo posible,
se hizo posible porque quiso existir.
Susurró:
«Tú existías antes que el tiempo.
Antes que el espacio. Antes que la materia.
Tú no eres energía.
Tú eres aquello de lo que nació la energía,
porque el silencio no soportó su propia perfección.»
CAPÍTULO VI
Un nombre para aquel que no tiene nombre
No sabía si estaba dormido.
No sabía dónde estaba el cuerpo, dónde la tierra, dónde él mismo.
Solo había transparencia.
Sin color. Sin movimiento. Sin centro.
Y en aquella transparencia, una Presencia.
No tenía forma.
No era un rostro, ni un ojo, ni una voz.
Ni siquiera miraba.
Era como una posibilidad.
Quiso preguntar: «¿Quién eres?»
Pero la voz en su interior ya sabía:
la pregunta no tenía sentido,
si no había nadie que respondiera.
Solo susurró:
«No conozco tu nombre.
Pero tú eres todo aquello a lo que no pude dar un nombre durante toda mi vida.
Estabas en el viento. En la canción. En el silencio.
En la pregunta sobre lo que hubo antes de la pregunta…»
Y la Presencia no respondió.
Pero en ella resonó un movimiento,
lento, como una intención que comienza a arder.
Y comprendió:
La energía no eres tú.
Pero la energía es tu canción,
que nunca cantaste,
pero que siempre sonó.
CAPÍTULO VII
La energía es una canción
Volvía a estar de pie en la orilla.
Ya no quedaban palabras.
Las olas no explicaban.
El viento no sugería.
El mar simplemente se movía, como el aliento de aquello
que no necesita definición.
No preguntaba.
Escuchaba.
Y comprendió que todo lo que llamaba «energía»,
todo lo que intentaba rastrear,
desde el viento hasta el Sol,
desde la ola hasta el sonido,
todo aquello era música,
en la que cada nota era una nueva transición hacia algo nuevo.
«La energía no es luz.
No es corriente. No es masa. No es sonido…
La energía es una canción,
que nunca suena por completo,
porque canta a través de todo.
A través del viento. A través del agua. A través de mí.»
Se sentó.
Respiraba.
Se convirtió en sonido.
Y si alguien pasaba a su lado
y preguntaba:
—¿Qué comprendiste?
—¿Qué es la energía?
No respondía.
Simplemente estaba.
Porque en ese momento su silencio sonaba como una respuesta.
Porque la respuesta no estaba en las palabras.
La respuesta estaba en lo que hay entre las palabras.
Allí donde la cresta aún no es el pico de la ola.
Allí donde el reflujo aún no es el silencio absoluto.